LIMA,
PERU (del 26 al 29 de enero)
Llegamos a Callao, y en taxi escapamos a Lima, está a
unos 20min por la autovía de la costa verde. Nos dejó en la puerta del
apartamento de Rb&b en la calle Las Dalias de Miraflores, en Lima. A mí me
parecía estar en Miami, más que en Lima. Casinos, hoteles de lujo, restaurantes
de diseño, calles limpísimas, jardines, fuentes… Alquilamos el apartamento por 25$
cada uno los cuatro días; éramos Ian, Keiko, Jewels, Cilla, Chris y yo. Fuimos
a comer y después con Samu, el amigo peruano de Chirspaseamos al mercado del
barrio más al norte de Miraflores. Es un barrio popular, que ya tenía un sabor
más real y menos de anuncio de televisión.
Compramos fruta pa’ enterrarnos, y cada uno compró
ingredientes para preparar un plato estos días. Yo compré papas, huevos y
aceite de oliva para hacer la tortilla de patatas.
Volvimos a casa y ya sólo hicimos cosas tan normales y
que echábamos tanto de menos como hacer la siesta en el sofá con la tele
encendida sin hacerle caso. Hacer viajes a la nevera y elegir lo que quieres
picotear, sin que venga troceado y racionado en un cuenco. Conectarte a
internet sin tener que pagar 22euros la hora. Tender una lavadora en el terrao.
Nosotros, gatos de los mares del sur, ahora, en Lima
somos peces de ciudad. Qué bueno poder volver a disfrutar de la cotidianeidad!
Nos encantó volver a disfrutar de esas pequeñas cosas de la rutina del día a
día.
Por la noche Chris preparó 3 sopas para cenar (una de
quinoa, otra de coco y otra de verduras) y de pronto fue como si viviéramos
allí toda la vida. Sonó el timbre y empezaron a llegar las visitas.
Llegó Joe (mi compi de habitación) y Kay (una compañera
traductora) acompañados de Renzo, un chaval que habían conocido esa tarde en un
parque mientras hacía slack line. Al rato Montse y un amigo mexicano de
la universidad, que a su vez venía con dos amigas argentinas. Todos cenamos
sopa, y después Renzo improvisó unas rimas.
Salimos a tomar unos pisco sours por la zona del parque
Kennedy y estuvimos charlando con gente que conocimos todo el tiempo.
Al día siguiente salimos a correr por el malecón de
Miraflores y después fuimos de paseo a Barranco, el barrio bohemio de Lima. De
camino nos topamos con el Museo de Arte Contemporáneo de Lima y entramos. Había una muestra de fotos de
LaChapelle.
En Barranco fuimos a comer al restaurante de una amiga de
una amiga de Chris. El lugar al que fuimos se llama Local, y es una cafetería, tienda de ropa de segunda mano y
restaurante vegetariano- ecológico en una casona colonial. Comimos
probablemente mejor que en ningún otro lugar en el viaje. Papas a la huancaína,
ensalada de quinoa, pollo al comino, hamburguesas de lentejas y manzanilla con
miel y limón para beber.
Después fuimos en taxi a Pueblo Libre, el barrio donde
había quedado con Ingrid, una compañera peruana de Jarit (Ruzafa). El taxista
nos puso un CD de poemas musicalizados de Nicomé.
Ingrid y Raquel estudiaron en la UJI el máster de
estudios para la Paz con Eloísa, también profesora mía en la carrera. Y las
dos, después de vivir en Valencia y Castellón viven y trabajan en su Lima natal
en ONGs.
Nos llevaron a una bodega típica del barrio y estuvimos
bebiendo vino, pisco sour y comiendo tapas mientras charlábamos.
Nos despedimos de Raquel, que al día siguiente iba a la
selva a dar un cursillo a una comunidad indígena sobre resolución de
conflictos. Con Ingrid quedé para volver a vernos.
Al día siguiente cada uno hizo su marcha. Yo me fui a
visitar el centro histórico de Lima. Ignoraba que el centro fuera tan grande y
estuviera tan bien cuidado. Palacio, casonas, la catedral, conventos, iglesias.
En la comida compartí mesa en un bar de menú con un hombre del norte que había
trabajado seis años, casualmente, en un barco mercante. Comí papas a la
huancaína y seco a la norteña (carne).
Después de visitar los monumentos, alguna exposición y
pasear, a eso de las 17h llegué a la plaza San Martín, y allí me encontré con
dos grupos de debate de trabajadores. Me acerqué y estuve charlando un rato con
algunos de ellos. Me quedé un rato sentado, dibujando, viendo a la gente pasar,
y al rato ya llegó Ingrid. Paseamos por algunas calles donde hay grafitis y
después fuimos al bar del hotel de la plaza San Martín a tomarnos el que según
dicen, es el mejor pisco sour d Lima. Por cierto, este hotel desde hace años es
una cooperativa de trabajadores, como los casos de Buenos Aires que me contaba
María de empresas recuperadas por trabajadores. Además, en ese hotel Joaquín
Sabina compuso el tema ‘peces de ciudad’.
De vuelta a casa, teníamos visita de otros compañeros
(Akino, Satoko, Kristin, Remco, Moe y Kenta). Había un montón de comida y
bebida.
A la mañana siguiente fui al Museo de la Nación, en el
mismo edificio que el Ministerio de Cultura, que me recordaba a los edificios del
Southwalk de Londres, a ver la
exposición: ‘Yuyanapaq, para recordar’ (quechua, español). Es una muestra de
fotoperiodismo de los años del terrorismo en Perú. Del 80 al 2000. De cómo las
ideas de Sendero Luminoso tiñeron de sangre de indígenas los campos peruanos, y
en Lima, sin saber nada. Hasta que los regueros de sangre les mojaron los
camales. Después llegó la dictadura de Fujimori, y ahora de nuevo un gobierno
democrático.
A la vuelta el taxista me preguntaba por España, yo le
dije que estaba bien jodida.
En casa cociné la tortilla de patata, hicimos las
mochilas y para Callao en un sueño colectivo. Nada más llegar me eché a dormir
la siesta. Al rato venga sonar el teléfono y yo entre mí pensaba ‘qué pesaos,
que me dejen estar’.
Luego, al final la puerta. Abrí, y estaba Remco y Eiko y
me dicen “Carlos, el barco no se puede ir hasta que no devuelvas el pasaporte
en recepción”.
Liada: se me olvidó devolver el pasaporte antes de las
18h, y eso que llegamos a las 16’30, pero me fui a dormir. Eran las 19h, y los
de inmigración tienen que poner los cuños de salida del país, luego se bajan
del barco, y después zarpamos. Pero faltaba mi pasaporte. Normalmente no
sacamos los pasaportes, pero como esta vez eran cuatro días. Por eso se me
olvidó.
No sé si es que no era para tanto, o no era el único, o
ya se han acostumbradoa mi reloj relativo, pero no me han regañao ni
penalizado.

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